Ficha

Nombre Civil: Claudio

Fecha de Nacimiento: 18 de diciembre de 1910

Lugar de Nacimiento: Mundilla de Valdelucio (Burgos)

Sexo: Varón Fecha del Asesinato: 28 de julio de 1936

Lugar del Asesinato: Fernán Caballero (Ciudad Real)

Orden: Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos)

Datos Biográficos Resumidos:

Nombre de los padres: Eusebio y Joaquina

Nació en una familia de labradores honrados y buenos cristianos. Al igual que su hermano Ángel, fue monaguillo y “de por sí eran muy humildes y comulgaban con frecuencia” 22 de septiembre de 1924 – Llegaron al postulantado de Plasencia (Cáceres) Cumplieron el Noviciado y los tres años de Filosofía en Jerez de los Caballeros 15 de agosto de 1932 – Hizo la profesión perpetua al igual que su hermano Ángel.

Claudio, según los informes de los superiores, era magnífico compañero, robusto, bueno, formal, piadoso y de toda confianza, y se distinguía por cierta entereza y virilidad que, sin pretenderlo, se imponía a los demás. Eran realmente piadosos y ejemplares. Continuamente en horas de silencio los veíamos con el rosario en la mano, y todos los días, sin dejar uno, hacían el viacrucis.

Cuando en 1931 fueron expulsados del seminario de Jerez al proclamarse la II República, Ángel y Claudio, volvieron a su pueblo. Allí siguieron con toda edificación sus prácticas piadosas y, recordando sus visitas de niños, bajaron numerosas veces al cercano Santuario de la Virgen de la Vega. A pesar de que los familiares y amigos les desaconsejaban volver al Seminario, Ángel y Claudio, regresaron al Seminario. Comenzaron Teología en Zafra, pero en mayo 1936, la persecución religiosa les obligó a dejar Zafra y buscar cobijo en Ciudad Real.

Contaba con 26 años de edad

Biografía extendida

Datos Biográficos Extendidos:

Martirio:

En otra celda con Claudio estuvo el Hermano Gregorio Barriuso, quien decía: “Me animaba y nos pasábamos el día y la noche rezando”.

Relato de los hechos:

Sucedió la historia el 28 de julio de 1936, en los albores de un conflicto que pronto nos abasteció de cadáveres y de un poso denso de rencor que aún persiste. Ante el clima antes reseñado, el Padre Provincial de la Congregación dio la orden de abandonar el seminario de Zafra y trasladarse a Ciudad Real, donde las acechanzas guerracivilistas parecían no haber cobrado aún el ríspido cariz con que se teñían otras zonas. Salieron hacia allá, eviscerados del hogar, los catorce seminaristas; catorce jóvenes que ansiaban un sacerdocio salvífico y aglutinador, y que a la postre, por ese cruel decurso que asenderea la sinrazón, se toparon con un fin prematuro que habría de inscribirlos en los devocionarios. Al llegarse hasta allí, sin embargo, su situación no hizo sino empeorar. En el tabuco en que se hospedaban los muchachos -casi un cascarón vacío, con las paredes tachonadas por el abandono y por la mugre-, mujeres enfermas de sicalipsis, amortajadas de lascivia y de adentros guarros, se paseaban por entre ellos; rameras sin honor ni dignidad que se valían de sus cuerpos para incitar a la más vil concupiscencia y a la defección seminarista.

Les mostraban, entre despectivas y promisorias, sus desnudeces níveas e intonsas; les lanzaban unos besos bruscos, casi atrabiliarios, que llevaban en su seno un olor almibarado, como de aguardiente o de pacharán confuso, y les dedicaban risotadas e insinuaciones. Intentaban esbozar una belleza deseable y excitar los ánimos más carnales de los muchachos, pero en su interior no había más que corrupción, una inclemente podredumbre que les había carcomido el esqueleto moral y las arrojaba al légamo de la iniquidad. A un tiempo, milicianos con el honor empodrecido los zaherían con insultos y escupitajos, en una suerte de inclemente ataque con el que pretendían socavar el estado aún animoso de los claretianos. Y así siguieron los denuestos y lo excesos catervarios, hasta que, finalmente, los catorce hubieron de salir para Madrid. Al llegar a la estación, las amenazas comenzaron a tornarse a un tiempo crudelísimas y premonitorias. En el tono con que los milicianos vomitaban sus increpaciones ya no había ese deje bravucón que habían mostrado días antes -las bravuconadas siempre tienen mucho de mentira y de afanes inconclusos, pero la amenaza cierta se reviste de un cariz más aseriado-; en ese instante, las palabras se pavoneaban con soberbia, con una solemnidad como de designio irrefutable o de juicio apodíctico; los rostros, cada vez más torvos, como de azogue resquebrajado. Arreciaban los insultos y los empujones, y a pesar de ello los seminaristas, trémulos de una beatitud que para entonces ya comenzara a develarse, elevaban deprecaciones y rogaban el perdón para aquellos que los maltrataban; soportaban las vejaciones sin decir un “ay”; soslayaban los denuestos o los respondían con un gesto de acendrada piedad, sin mostrar resentimiento, rabia o enojo alguno. Podían anticipar cuanto iba a suceder, pero la asunción del martirio se les había entremetido en el corazón. Subieron al vagón entre un tráfago de voces apaleadas por el alcohol, envueltos en un griterío aturdidor que las toses escrofulosas de la locomotora no llegaban a sofocar.

El tren se había convertido en una suerte de ciempiés viscoso, en un gusano infecto que devoraba cuanto se encontraba en su camino, en una pechera sucia, atestada por baldones guarros, que la historia no habría de lavar jamás.

 

Al llegar a Fernán Caballero, la tragedia se consumó en dos tristes actos. Los muchachos fueron obligados a descender al andén; los dispusieron en línea y los fusilaron. Apenas uno o dos segundos después, el eco de la salva de disparos disipó unos gritos sin resuello, unas voces fatigadas que gritaban: ¡Viva Cristo Rey! Sus cuerpos como invertebrados, entregados a una laxitud como de títeres sin hilos, se derrumbaron en un repente, enjugados en una sangre que muy pronto habría de traer sus frutos. Tan solo Cándido Catalán, un joven navarro de apenas veinte años, de aspecto bonancible y despistado, resistió un poco más. Según testimonio recogido por el P. Federico Gutiérrez en su libro Mártires claretianos de Sigüenza y Fernancaballero, el cuerpo entero del muchacho, descalabrado por las balas y por las últimas calamidades, fue confortado en sus últimas horas por el cuidado de dos mujeres, Carmen Herrera y Maximiliana Santos, que se apiadaron de su estado y ayudaron a los médicos en ese postrero trago. Más tarde, como epílogo siniestro, llegarían los asesinatos de Felipe González de Heredia y de José María Ruiz, quien fue fusilado en Sigüenza tras elevar unas sentidas deprecaciones y proclamar el perdón a sus asesinos. El hermano claretiano, por su parte, tuvo que aguardar hasta el dos de octubre, fecha en que fue trasladado hasta el cementerio de Fernán Caballero desde la checa del Seminario.

Durante el trayecto, dos milicianas astrosas, deshabitadas de piedad, le aguijoneaban las costillas a navajazos. Ambos, sacerdote y fraile, perdonaron a sus asesinos” Los cadáveres quedaron cubiertos con lonas y al día siguiente unas mujeres del pueblo prestaron sábanas para envolverlos y enterrarlos en el cementerio. El 13 de febrero de 2013, en un sencillo y digno acto quedaron sepultados en la parroquia sevillana de San Antonio María Claret, los restos de los quince jóvenes que sufrieron martirio en 1936 en la estación ferroviaria de Fernán Caballero.

¿En qué lugar reposan sus restos mortales? En la Parroquia San Antonio María Claret (Sevilla)

Fecha de Beatificación: Tarragona, el 13 de octubre de 2013

Fecha de Canonización: Aún no está canonizado

Fiesta Canónica: 28 de julio 06 de noviembre, Festividad de los Beatos Mártires durante la Persecución Religiosa en el siglo XX

Fuentes: https://docplayer.es/41391575-Vicente-pecharroman-cmf-en-siguenza-fernan-caballero-y-tarragona-misioneros-claretianos.html https://www.religionenlibertad.com/blog/33152/los-martires-de-playmobil.html https://www.religionenlibertad.com/blog/37664/peregrinacion-a-los-martires17.html