Ficha

Nombre Civil: Felipe Llamas Barrero
Fecha Nacimiento: 03 de septiembre de 1907
Lugar Nacimiento: Ayoó de Vidriales (Zamora)
Sexo: Varón
Fecha Asesinato: 06 de septiembre de 1936
Lugar Asesinato: Cementerio de Peón (Asturias)
Orden Religiosa: Sacerdote Orden Franciscana Mayores Capuchinos (OFM Cap)
Nombre Religioso: Padre Domitilo de Ayoó
Datos Biográficos Resumidos:
Bastante niño todavía, cuando contaba solamente once años de edad, siguiendo las huellas de otro hermano suyo, muerto años después víctima de una enfermedad de pecho, ingresaba en nuestro Colegio Seráfico de El Pardo, con 1ª aspiración de ser religioso, sacerdote y misionero. Aquí comenzó ya a distinguirse por su carácter alegre, franco y abierto sobremanera, lo mismo en su modo de hablar que en los juegos y paseos. Todos procuraban buscarle para pasar divertidos esos ratos de recreo y de expansión, de tal manera que su simpatía fue extraordinaria en cuantos compartimos con él las tareas de aquellos años de estudio y fuimos compañeros o condiscípulos suyos. Grande fue, asimismo, la simpatía que por él sentían, a su vez, los Profesores al verle tan llano y tan sencillo. Por lo demás, con todo y ser tan alegre, no descuidaba en modo alguno el estudio, sino al contrario, a él se aplicaba con ahínco y con todo interés y, ayudado de sus cualidades naturales de talento y buena memoria, obtuvo siempre muy buenas calificaciones.

En plena juventud y en plena actividad de su apostolado sorprendió la revolución al P. Domitilo de Ayoó. Cuando su fama de excelente predicador se iba extendiendo con lisonjero éxito y con pujante crédito en varias provincias a donde había sido llamado a ejercer su ministerio apostólico co; cuando nosotros habíamos puesto en él nuestra mirada y nuestras esperanzas de un brillante porvenir, conocedores de sus preclaras dotes oratorias, Dios quiso añadirle a esos éxitos y a esas glorias otra de más valor y de más relevante mérito, concediéndole la dicha de morir mártir de la fe, víctima de la caridad, asesinado por ser religioso.
Pasados aquellos primeros años de carrera, equivalentes al bachillerato oficial, vistió el sayal capuchino en el convento- noviciado de Basurto (Bilbao) el 2 de agosto de 1923, y un año más tarde, emitía en el mismo convento su profesión religiosa.
En el convento de Montehano (Santander) estudia Los tres años de Filosofía y en la ele León los cuatro de Teología, recibiendo la ordenación sagrada el 30 de mayo de 1931.
RASGOS INCONFUNDIBLES
Durante esos años resplandecieron también en él las mismas bellas cualidades que hemos hecho notar anteriormente: su sencillez, su franqueza de carácter, su sana alegría.
Como cuando estaba en el Colegio de El Pardo, también a su vez en esos otros colegios supo ganarse las simpatías de todos, profesores y estudiantes. Los que con él hemos convivido no podremos echar en olvido los buenos ratos que a su lado pasamos en los recreos y paseos. Y no es que con ello vayamos a decir que fuese todo diversión y risa; teníamos, asimismo, nuestros ratos y nuestras horas ele amena charla, ele larga conversación sobre las materias estudiadas, sobre asuntos religiosos, sobre las Misiones o sobre cosas de la Orden, no faltando tampoco algunas disputas sobre cuestiones filosóficas y teológicas, principalmente sobre aquellas en que las distintas Escuelas tienen tan diversos puntos de mira y de opinión. Pero aun en esas disputas o discusiones nunca faltaba a la caridad y, si alguna vez, sin quererlo, y dado su modo impetuoso de ser, alguna vez llegaba a herir a los demás con sus palabras, tenía la suficiente humildad para pedir perdón y dar las explicaciones convenientes.
Esto mismo hizo alguna vez públicamente cuando, aun sin exigírselo, le parecía haber faltado al respeto al profesor o haber dado algún mal ejemplo a los otros estudiantes. Fue esa humilde· sencillez la virtud, a nuestro modo de ver, más característica en él.

También se señaló por su amor a las glorias de la Orden y su devoción a la Santísima Virgen. ¡Con qué entusiasmo se preparaba para sus fiestas, arreglaba sus altares O él! ¡ayudaba a los demás en esas faenas, ensayaba los cánticos o luego, en las veladas, ensalzaba las glorias de la Virgen en sus discursos. Aquella doctrina y fervor marianos que todos aprendimos del que fue nuestro guía, profesor y Vice-Director en el Colegio de El Pardo, P. Cirilo de Urrestilla, prendieron en el corazón del P. Domitilo y en él los conservó como fuego sagrado; fue semilla fecunda lanzada a buena tierra para dar luego abundantes y sazonados frutos. Después de estudiar la Sagrada Elocuencia, complemento del curso de Teología y digna preparación para la predicación, fue destinado al convento de Montehano, de donde partirá para ejercer en los pueblos de la Montaña su apostólico ministerio. Estando en aquel solitario y pacífico convento, en el que la predicación precede y sigue al estudio reposado, el P. Domitilo comenzó a predicar, primero en los pueblos sermones sueltos y sencillos, luego misiones; más tarde ya son sermones y novenas de compromiso en villas y ciudades las que ocupan sus actividades apostólicas.
PREDICACIÓN
Y a desde sus primeros años se distinguió por el gusto y afición a la literatura y aclamación; en casi todas las veladas solía aparecer su nombre en los programas, ora para pronunciar un discurso ora para recitar una poesía. Tenía, por otra parte, excelentes cualidades para la oratoria: buena voz, desenvoltura en la presentación, gusto para escoger los temas y desarrollarlos y, asimismo, no le faltaba buena memoria, apoyo fuerte del predicador, ni tampoco talento, base indiscutible de la oratoria de fondo. A esas dotes juntaba, por otra parte, como complemento, lo que pudiéramos llamar don de gentes, don de atraerse las voluntades y las simpatías de las personas por su modo de hablar franco y llano, sin desdeñarse de alternar con todas las clases de la sociedad, aun con los más humildes, ganándose de ese modo gran número de amistades. Por eso, no obstante que solamente llevaba cuatro años de apostolado, ya era sobradamente conocido en las Provincias de Santander y de Asturias, donde únicamente había hasta entonces. predicado y residido. En el verano de 1934, es destinado de familia para el convento de Gijón. Aquí no disminuyó sino por el contrario fue aumentado de día en día su labor ministerial de predicación, y juntamente con esa actividad, iba creciendo su fama de excelente predicador.

FUERA DEL CONVENTO
Predicando le sorprendió también el Movimiento Nacional: había ido a Bocines Oviedo) a predicar en la fiesta sacramental, que se celebraba el día 19. Como en la mayor parte de los pueblos, tampoco allí ocurrió nada aquellos primeros ocho días. Es verdad que en el exordio del sermón dijo que ‘»España atravesaba en aquel entonces por circunstancias muy delicadas», palabras que fueron tomadas en consideración por un indiano que se encontraba entre los oyentes, y que quiso ver en ellas algo que no había, diciendo luego que el Padre se había metido en política. Mas como todos vieron que no tenía razón alguna, no tomaron en serio tales afirmaciones. Aquellos días solía por la tarde ir, acompañado del Señor Cura, a Luanco, a casa de doña Gervasia, viuda de Estrada, a oír la radio y enterarse de las noticias y de la marcha del Movimiento en España. Más en la tarde del día antes de que llegasen, se les mandó recado por el sacristán de Bocines que no fuesen en modo alguno, pues habían deteni.do a uno de la familia Estrada. Por temor y por precaución. el P. Domitilo. sin poder volver al convento, se refugió en casa de don Diego Cuervo, en el mismo Bocines, donde estuvo nueve o diez días y donde, como: veremos, fue detenido En esos días, según ha declarado el mismo señor, celebró, si no todos, varios de ellos la Santa Misa. Allí se le trataba con suma consideración, siendo muy apreciado de todos por su trato sencillo. Con todos alternaba, y hasta iba algunas veces a paseo y salía con frecuencia a la huerta, donde, en medio de su buen humor, a veces acompañaba al criado a segar la hierba. Un día vinieron de Luanco a registrar la casa donde se hospedaba, y al manifestar el dueño su temor de que pudiesen llevarse al Padre detenido, le contestaron que no tuviese cuidado por ello, que al Padre nada malo le sucedería. Quizá, sin duda, era debido a eso su gran optimismo, aparte de que, dado su carácter, siempre se conservó optimista, creyendo que todo aquello iba a terminar muy pronto.

Biografía extendida

Datos Biográficos Extendidos:
Martirio y Asesinato:
Las cosas, sin embargo, cambiaron de repente. El 2 de agosto es detenido un joven de Candás, que también se encontraba escondido en la misma casa. Llamase Pepín Herrero y había ayudado al P. Domitilo los días que pudo celebrar en Bocines la Santa Misa. Dicho joven fue luego fusilado. El día 3 fue también detenido el P. Domitilo. Como él no se recataba de salir de casa, y siempre de hábito, en cierta ocasión le vieron unas jóvenes de Candás, que le denunciaron al Comité de este pueblo.
EN LA CARCEL DE CANDAS
A las cinco de mañana de dicho día llaman fuertemente a la puerta de la casa. El dueño, desde dentro, responde: «¿Quién llama?» «Abra-le contestan varias voces desde fuera; venimos por el fraile.» El P. Domitilo, al oír el estruendo de los portazos y los ladridos del perro, también se despierta y escucha atentamente cuanto hablan. «Estos sayones decía uno de ellos-son los que están tirando desde el barco pirata («Almirante Cervera»).
El señor de la casa va a la habitación del Padre, llama a la puerta y le dice: «Padre, aquí preguntan por usted.»
»Y, ya responde el Padre Domitilo desde dentro ya les he oído. «Sale luego de vestirse, se presenta a ellos y con la mayor serenidad les dice, cosa comprensible fácilmente, da.: lo su modo de ser: «Con su permiso quiero lavarme antes.» «Sí; lávese usted-le contestan-. Mientras tanto registraremos la casa.» Al mismo tiempo que ellos practican el registro en las diversas dependencias de la casa, el P. Domitilo se lava, se arregla y luego desayuna. Hechos estos menesteres y registrada la casa, el P. Domitilo va con ellos, vestido de su hábito y conservando asimismo la barba. Marcha-según manifestaciones del que le tuvo generosamente hospedado muy tranquilo, como quien tiene la plena seguridad de que nada desagradable le ha de suceder. En ese mismo día 3 de agosto ingresaba en la cárcel de Candás, mejor dicho, en la iglesia, convertida en cárcel. Su vida, a partir de esa fecha, aunque no en todos sus pormenores, la podemos seguir a través de los relatos hechos por sus compañeros de prisión que han sobrevivido a aquella tragedia.

VIDA EN LA CARCEL
Ellos nos refieren, y en esto son unánimes los pareceres, como unánimes son las alabanzas, que el P. Domitilo se ganó las simpatías de todos los presos desde el primer momento de su ingreso en la cárcel. A todos hablaba con suma naturalidad, a todos animaba, diciendo siempre que «aquello era cosa de poco». Con su optimismo hacía que los demás pensasen lo mismo y vi viesen alegres, aun en medio de los sufrimientos que les rodeaban. Rezaba el Rosario con los demás, aparte de los rezos que él hacía en articular, sobre todo por la noche. A veces se le acercaba alguno para hablarle, y solía responder: «No me molesten, que estoy haciendo mis rezos. “A los pocos días de estar en la cárcel, enterado el Comité de Luanco, vino a Candás para llevarse al P. Domitilo y ponerlo a salvo, o, por lo menos, tenerlo a cubierto de todo peligro. El Padre agradeció aquella atención, pero se negó a ir y a salir sin permiso del Comité de Candás, alegando que lo mismo podía morir en Candás que en Luanco. Sin embargo, fiándose de su criterio en este particular. Consultó con otros varios señores sobre lo que debía hacer, contestándole alguno de ellos que «él estaba mejor capacitado para ver más que ellos; que hiciese lo que le pareciese».
Seguramente – añade uno de sus compañeros, don Jesús- «se encontraba tan bien en medio ele sus compañeros ele infortunio, y sus compañeros alrededor de él, que no quiso abandonar semejante compañía, aunque en los últimos días, cuando vio que las cosas se iban poniendo mal, ya parece fue estaba arrepentido». · Por lo demás-afirma otro de los encarcelados, don Carlos-, no se conocían con certeza las intenciones que traían, pues si bien es cierto que en varias ocasiones vinieron de Luanco para ponerlo a salvo, alguna vez Jo buscaron también con ánimo de matarle.
Al ingresar en la cárcel el P. Domitilo, todavía estaba el Santísimo en el Sagrario, expuesto a cualquier profanación; a nadie le pareció ni medio bien tenerlo allí en aquellas circunstancias y pidieron permiso a uno del Comité para citarlo o consumirlo. El del comité contestó «que él no entendía nada de esas cosas, pero que si eso a ellos les causaba molestia, pediría autorización al Comité para que les permitiesen hacer lo que deseaban». Efectivamente, al siguiente día, o a los pocos, les dijo el del Comité que estaban autorizados para hacer lo que querían. No les pareció, sin embargo, acertado consumir todas las formas, por si acaso necesitasen en un caso determinado recibir el Viático; subieron el Sacramento al camarín del Santísimo Cristo y allí estuvo algún tiempo, hasta que el P. Domitilo, quizá previendo o temiendo alguna profanación, día, muy de mañana, subió nuevamente al camarín y suministró el Sacramento.

Materialmente estuvo el P. Domitilo bien atendido todo el tiempo que duró su cautiverio. Al principio eran la señora e hijas de D. Diego Cuervo las que le llevaban diariamente la comida, y todas las semanas la muda correspondiente; más tarde, las hijas del médico de Candás se encargaron de hacer para con él este acto de caridad. De modo que no sólo no estuvo abandonado, sino que fue cariñosa v delicadamente atendido en sus necesidades materiales. Como hemos dicho arriba, en la cárcel se había ganado las simpatías de todos, y para que el tiempo se hiciese más llevadero, frecuentemente les dirigía desde las gradas del altar mayor conferencias sobre muy diversas materias, lo mismo profanas que religiosas, sobre todo religiosas, «con una agudeza dice uno de los oyente que no había por dónde cogerle».
Por otra parte, al ver la marcha de los acontecimientos, llegó a persuadirse de que les matarían con toda seguridad; y por eso no pasaba día sin que les exhortase o predicase alguna cosa espiritual. preparando ele este modo sus corazones para el martirio.
Los presos dormían en la iglesia, echados en el suelo, como podían, sobre un petate, sobre un colchón, etc. Aún estaban en sus altares las sagradas imágenes. El P. Domitilo, con un afecto singular de cariño hacia la Santísima Virgen, ·dormía junto al a altar ele la Milagrosa, sitio que él mismo se había escogido.
No tuvo, sin embargo, rencor para nadie; antes, al contrario, cuando sus compañeros; le decían, unas veces en plan de broma y otras sintiéndolo ele corazón, que había que hacer cachines a los que les perseguían, él siempre contestaba:
‘No, eso no; hay que perdonar.“
Dispuesto estaba, por otra parte, a dar su vida por amor de los demás, pues, como dijo en alguna ocasión: «Yo ya no tengo quien me llore: si supiera que con mi vida había de salvar la de éste (indicaba a un escultor llamado Antonio), dispuesto estoy a morir.,. Tenía asimismo rasgos corno el siguiente. Conservaba en su poder las, o peset;ts c¡uf’ le habían dado por el sermón predicado en Bocines; las guardaba cuidadosamente y decía a sus compañeros que no podía hacer uso de ellas porque «no son mías; no puedo disponer de ellas, tengo que entregarlas al Superior.»

«QUIERO MORIR CON EL HABITO»
El P. Domitilo entró en la cárcel con el hábito y la barba y así continuó hasta primeros de septiembre. Prueba de ello, si no bastaran los testimonios de los compañeros supervivientes, sería el retrato a lápiz que en la misma cárcel le hizo uno de ellos, llamado Antonio, que a la vez era escultor.
Pero un buen día se le intimó la orden de quitarse el hábito y también la barba; él no pudo por menos el de manifestar el desagrado y el sentimiento que aquella orden le causaba. «Prefiero- dijo-que me maten así, antes de quitarme este hábito que llevo desde los diez años.» Y añadió: »Quiero morir con e] hábito, que así voy derecho al cielo.» Y no quiso quitárselo entonces. Sin embargo, este su modo de proceder fue criticado entre los mismos presos, si bien eran solamente algunos de quienes se sospechaba estaban allí con objeto de espiar lo que se hacía y decía.
Quizás por eso en una ocasión, con barba aún, se vistió de paisano y al presentarse ante los demás de aquella manera les dijo, un tanto avergonzado: «Así estoy muy mal», y acto seguido volvió a ponerse el hábito.
Por segunda vez le intimaron dicha orden de despojarse del hábito y, ante la enérgica existencia del Padre, uno de los milicianos le cogió de la barba y le arrastró unos metros.
Quedó con ello muy preocupado por el sesgo que iban tomando las cosas, y ante las insistencias del Comité, que por tercera vez le conminó la misma orden, se decidió al fin a despojarse tanto del hábito como de la barba. Para ello hicieron venir un peluquero, que le quitó la barba y el cerquillo, y por todo vestido le dieron un mono. Esto sucedía en los primeros días de septiembre y desde aquella fecha se le veía como acobardado en medio de los demás presos.
¡Por fin, tras esa prueba, una amarga pena había de torturar todavía su corazón antes de que llegase la hora suprema del sacrificio. Poco después de haberse quitado el hábito recibieron él y algún otro un papel en el que se les decía de fuera de la cárcel que trataran de huir, pues les iban a matar. Aquel mismo día o al siguiente se presenta el Comité en la cárcel y llama al P. Domitilo.

El Padre comparece inmediatamente ante ellos. «¿Cómo se presenta usted así?», le preguntan. «Por obedecer contesta el Padre las Ordenes es del Comité.» «No-replican ellos-, usted se ha quitado el hábito y la barba porque pretende fugarse; queda usted secuestrado.» Y desde aquel día queda incomunicado en la sacristía; era un gran sacrificio que Dios le exigía, con el que iba al propio tiempo disponiendo su alma para la aceptación voluntaria de la muerte y del sacrificio supremo de la vida. Y así, incomunicado en la sacristía, pasó los restantes días.
LA HORA DEL SACRIFICIO
En la noche del S al 6 de septiembre, y a eso de las doce y media o una de la madrugada, se presentaron algunos milicianos en la cárcel y pusieron en libertad a varios de los detenidos considerados de derechas; al marcharse dijeron cínicamente que «aquella noche saldrían más». Poco tiempo después el P. Domitilo entra en la iglesia en busca de sus zapatos, y tras él, y a la una y media justamente, abiertas las cancelas, mientras fuera de la iglesia queda un nutrido número de milicianos, entran tres de ellos llevando colgados de sus brazos numerosos cordeles. Van leyendo una larga lista de presos, hasta 23, y entre ellos suena también el nombre del P. Domitilo. Les ataron luego con esos cordeles las manos atrás, dando asimismo una vuelta por la cintura, y cuando llega la vez al P. Domitilo, con un gesto de simpatía, se vuelve a uno de los milicianos que hacían guardia en la cárcel y le entrega su reloj. Una vez que los hubieron atado a todos, les hicieron subir a un camión, y allí, para que no hubiese peligro alguno de que se escapasen, también les ataron los pies. Así, hacinados en un camión cerrado de los que emplean les Empresas pescadoras para el transporte de la sardina, encerrados en él, sin poder apenas respirar por el hedor y falta de aire, recorrieron el camino que hay entre Candás y Peón, tardando nada menos que cuatro horas, cuando el trayecto se puede hacer muy bien en dos. El calor que hacía dentro del vehículo era tal que cuando fueron a sacarlos del camión salían todos chorreando agua.
Frente a la puerta del cementerio de Peón paró el coche; penetran varios milicianos dentro del recinto del cementerio; aproximan el camión a la puerta y comienza el macabro espectáculo, mejor dicho, la matanza, premeditada, a sangre fría.

Uno por uno van bajando del vehículo; uno a uno también reciben la absolución que les da el P. Domitilo desde la puertecilla del coche; al dar luego un paso más y penetrar en el cementerio caben la mortal descarga, cayendo sus cuerpos chorreando sangre. El penúltimo de todos fue el P. Domitilo; después de él no quedaba~ sino un guardia civil; por eso, al bajar, se volví: o hacia él para darle también la absolución. Fue dicho guardia civil el único que lloró; no era de extrañar: tenía a su vista 22 cadáveres chorreando sangre, tal vez con la respiración fatigosa de la agonía, y es de creer también que en aquellos momentos se acordaría de su mujer y de sus hijos, que quedaban enteramente desamparados. Así el P. Domitilo murió, llevando en su alma la honda satisfacción de haber prestado a sus compañeros de martirio el auxilio del Sacramento, que sería para ellos una ayuda y un postrer consuelo. «Fue, por otra parte-dice el Párroco de Candás-, un verdadero mártir y una verdadera providencia de Dios el que esos mártires tuvieran un misionero tan ferveroso que así les preparó su entrada victoriosa en el cielo.» Todos murieron valientemente, gritando: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! “
TRASLADO DE SUS RESTOS
¡Fueron luego enterrados en el mismo cementerio, y allí permanecí {! ron hasta el 21 de febrero de t938, en que se, ·verificó su exhumación e identificación. En ese día, presentes varios familiares de las víctimas y los PP. Manuel de Hontoria y Máximo de Villa basta,
Capuchinos, se comenzó a abrir la fosa donde habían sido sepultados. Realmente era sumamente difícil y casi imposible<:> reconocerlos sino por medio de la ropa. El cadáver del P. Domitilo, que apareció después de otros varios, fue luego reconocido de una criada de D. Alfonso Albo por la camisa que tenía, que había sido de dicho señor y que la sir-vienta había llevado al P. Domitilo cuando se encontraba en la cárcel. Al mismo tiempo fue reconocido por los mencionados Padres, por llevar a su cuello una medalla de la Virgen de los Remed ios que le habían regalado en Ruiloba (Santander), en ocasión de ir a predicar a dicho pueblo; otra medalla del Smo. Cristo de El Pardo, del que era sumamente devoto; y, por fin, otra de la Virgen del Tránsito de Zamora, su tierra. Luego de reconocidos los restos, fueron colocados en una caja y trasladados al cementerio de Ceares, de Gijón. Aquí fue inhumado en uno de los nichos del panteón de los Padres Jesuítas, cedido generosamente por el Superior, P. Alfredo Martín. Allí se encuentra todavía al presente, y allí seguirá hasta el día, quizá no lejano, en que pueda ser trasladado a nuestra iglesia de Gijón.

¿En qué lugar reposan sus restos mortales?
En el cementerio de Cearesm (Gijón) , en uno de los nichos del Panteón de los Padres Jesuitas.
¿En qué fecha fue Beatificado?
El 13 de octubre de 2013, en Tarragona
¿En qué fecha fue Canonizado?
Aún no está canonizado
Fiesta Canónica:
06 de septiembre
06 de noviembre, Festividad de los Mártires durante la Persecución Religiosa en el siglo XX
Fuente:
Mártires Capuchinos de la Provincia de Castilla en la Revolución de 1936. Padre Buenaventura de Carroceda O.F.M.Cap