Ficha

Nombre Civil: Angel

Fecha de Nacimiento: 6 de junio de 1915

Lugar de Nacimiento: Montánchez (Cáceres)

Sexo: Varón

Fecha de Asesinato: 28 de julio de 1936

Lugar de Asesinato: Fernán Caballero (Ciudad Real)

Orden: Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Claretianos)

Datos Biográficos Extendidos:

Nombre de los padres: José y Josefa Cuenta su hermana Matilde que Ángel aprendió las primeras letras en la escuela del pueblo y luego pasó al Colegio de los Misioneros del Corazón de María en Montánchez. De las primeras inclinaciones de su hermano nos dice: “Desde pequeñito mostraba inclinación al estado sacerdotal, imitaba las cosas de los sacerdotes, decía misa, tenía confesonarios…, mi padre se oponía con tenacidad a que fuera religioso, pero mi hermano respondía que sería el más desgraciado del mundo si no le dejaban serlo.” Ingresó Ángel en el Postulantado de Plasencia en octubre de 1928, a los trece años de edad. Cuando en 1931, por los disturbios y la quema de Conventos, tuvo que represar al pueblo, volvió de nuvo al seminario animoso y alegre, a pesar de tener que vencer una vez más, la resistencia de su padre. Hizo el noviciado en Jerez de los Caballeros y pasó a Plasencia a cursar los tres años de Filosofía.

En los informes de sus formadores es difícil acumular mayor número de elogios calificativos: “Es amable, benévolo, atento, condescendiente, pacífico, tratable, alegre, dócil y obediente, devoto y piadoso, tranquilo, compuesto, armónico, vivo, sosegado… Talento sobresaliente, buena memoria, una gran voluntad, sentimientos de simpatía, nobleza, dignidad, alegría, ciencia y prudencia, caridad en su doble movimiento hacia Dios y hacia el prójimo.” En agosto de 1935 comenzó el primer curso de Teología en Zafra, y en mayo de 1936, después de unos días refugiado en su pueblo, fue a Ciudad Real, a reunirse con sus compañeros. Ángel, consciente del peligro que les amenazaba,, exclamó con voz firme: “Vamos a la muerte”.

El 16 de julio de 1936, doce días antes de su martirio hizo su Profesión Perpetua. Tenía 21 años de edad.

Biografía extendida

Datos Biográficos Extendidos:

Martirio:

Sucedió la historia el 28 de julio de 1936, en los albores de un conflicto que pronto nos abasteció de cadáveres y de un poso denso de rencor que aún persiste. Ante el clima antes reseñado, el Padre Provincial de la Congregación dio la orden de abandonar el seminario de Zafra y trasladarse a Ciudad Real, donde las acechanzas guerracivilistas parecían no haber cobrado aún el ríspido cariz con que se teñían otras zonas. Salieron hacia allá, eviscerados del hogar, los catorce seminaristas; catorce jóvenes que ansiaban un sacerdocio salvífico y aglutinador, y que a la postre, por ese cruel decurso que asenderea la sinrazón, se toparon con un fin prematuro que habría de inscribirlos en los devocionarios. Al llegarse hasta allí, sin embargo, su situación no hizo sino empeorar. En el tabuco en que se hospedaban los muchachos -casi un cascarón vacío, con las paredes tachonadas por el abandono y por la mugre-, mujeres enfermas de sicalipsis, amortajadas de lascivia y de adentros guarros, se paseaban por entre ellos; rameras sin honor ni dignidad que se valían de sus cuerpos para incitar a la más vil concupiscencia y a la defección seminarista. Les mostraban, entre despectivas y promisorias, sus desnudeces níveas e intonsas; les lanzaban unos besos bruscos, casi atrabiliarios, que llevaban en su seno un olor almibarado, como de aguardiente o de pacharán confuso, y les dedicaban risotadas e insinuaciones. Intentaban esbozar una belleza deseable y excitar los ánimos más carnales de los muchachos, pero en su interior no había más que corrupción, una inclemente podredumbre que les había carcomido el esqueleto moral y las arrojaba al légamo de la iniquidad. A un tiempo, milicianos con el honor empodrecido los zaherían con insultos y escupitajos, en una suerte de inclemente ataque con el que pretendían socavar el estado aún animoso de los claretianos. Y así siguieron los denuestos y lo excesos catervarios, hasta que, finalmente, los catorce hubieron de salir para Madrid.

Al llegar a la estación, las amenazas comenzaron a tornarse a un tiempo crudelísimas y premonitorias. En el tono con que los milicianos vomitaban sus increpaciones ya no había ese deje bravucón que habían mostrado días antes -las bravuconadas siempre tienen mucho de mentira y de afanes inconclusos, pero la amenaza cierta se reviste de un cariz más aseriado-; en ese instante, las palabras se pavoneaban con soberbia, con una solemnidad como de designio irrefutable o de juicio apodíctico; los rostros, cada vez más torvos, como de azogue resquebrajado. Arreciaban los insultos y los empujones, y a pesar de ello los seminaristas, trémulos de una beatitud que para entonces ya comenzara a develarse, elevaban deprecaciones y rogaban el perdón para aquellos que los maltrataban; soportaban las vejaciones sin decir un “ay”; soslayaban los denuestos o los respondían con un gesto de acendrada piedad, sin mostrar resentimiento, rabia o enojo alguno. Podían anticipar cuanto iba a suceder, pero la asunción del martirio se les había entremetido en el corazón. Subieron al vagón entre un tráfago de voces apaleadas por el alcohol, envueltos en un griterío aturdidor que las toses escrofulosas de la locomotora no llegaban a sofocar. El tren se había convertido en una suerte de ciempiés viscoso, en un gusano infecto que devoraba cuanto se encontraba en su camino, en una pechera sucia, atestada por baldones guarros, que la historia no habría de lavar jamás. Al llegar a Fernán Caballero, la tragedia se consumó en dos tristes actos. Los muchachos fueron obligados a descender al andén; los dispusieron en línea y los fusilaron. Apenas uno o dos segundos después, el eco de la salva de disparos disipó unos gritos sin resuello, unas voces fatigadas que gritaban: ¡Viva Cristo Rey! Sus cuerpos como invertebrados, entregados a una laxitud como de títeres sin hilos, se derrumbaron en un repente, enjugados en una sangre que muy pronto habría de traer sus frutos. Tan solo Cándido Catalán, un joven navarro de apenas veinte años, de aspecto bonancible y despistado, resistió un poco más. Según testimonio recogido por el P. Federico Gutiérrez en su libro Mártires claretianos de Sigüenza y Fernancaballero, el cuerpo entero del muchacho, descalabrado por las balas y por las últimas calamidades, fue confortado en sus últimas horas por el cuidado de dos mujeres, Carmen Herrera y Maximiliana Santos, que se apiadaron de su estado y ayudaron a los médicos en ese postrero trago.

Fueron enterrados en el Cementerio de Fernancaballero (Ciudad Real) 13.02.2013 –

En un sencillo y digno acto quedaron sepultados los restos de los 15 jóvenes que sufrieron martirio en 1936 en la estación ferroviaria de Fernancaballero (Ciudad Real)

Al finalizar la Guerra Civil, fueron trasladados al Panteón de los Claretianos en Madrid. 1950 –

Fueron de nuevo trasladados a la Parroquia del Inmaculado Corazón de María, de Madrid, regentada por los Misioneros Claretianos de la Provincia de Santiago, desde donde llegaron a Sevilla tras la petición cursada por el Vicepostulador de la Causa de Canonización de éste grupo de mártires.

¿En qué lugar reposan los restos mortales? En un nicho y bajo un cuatro de la Virgen con los restos de todos ellos en la Parroquia de San Antonio María Claret (Sevilla)

Fecha de Beatificación: 13 de octubre de 2013, en Tarragona

Fecha de Canonización: Aún no están canonizados

Fiesta Canónica: 28 de julio 6 de noviembre, Festividad de los Beatos Mártires del siglo XX durante la Persecución Religiosa en España.

Fuente:

Vicente Pecharromán, cmf. «Dieron su vida por Cristo». Beatos Mártires Claretianos. En Sigüenza, Fernancaballero y Tarragona. Misioneros Claretianos.