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Ficha

Nombre Civil: Pablo
Fecha Nacimiento: 17/06/1902
Lugar Nacimiento: Alcobilla de Nogales (Zamora)
Sexo: Varón
Fecha Asesinato: 15/01/1937
Lugar Asesinato: El sitio llamado “Cruz Verde” en el Escorial (Madrid)
Orden Religiosa: Presbítero Profeso de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos (OFM Capuchino)
Datos Biográficos Resumidos:
A los once años ingresó en nuestro Colegio Seráfico de El Pardo con el fin de estudiar los cinco años de Humanidades,
preparatorios para el estudio de la Filosofía. Ya en el Colegio contrajo una enfermedad del estómago que le puso en trance de muerte; le duró luego toda la vida, causándole molestias y dolores sin .cuento; él, sin embargo, supo Ilevarlo con resignación, sin aminorar por ello su carácter alegre.
El hábito de capuchino lo tomó en el convento de Basurto (Bilbao), el día de la Asunción de Nuestra Señora, el 5 de agosto de 1919. Allí profesó al siguiente año, yendo luego a estudiar la Filosofía en el convento de Montehano (Santander) y más tarde a León a cursar los cuatro años de Teología. Se ordenó sacerdote el 24 de junio de 1928.
Un mes después, y en el Capítulo Provincial celebrado en julio, es destinado a las Misiones de Venezuela, en las que permanece tres años cortos, viéndose obligado a regresar a España a causa, principalmente, de su quebrantada salud.
Todo ello era consecuencia, como ya dejamos apuntado, de aquella enfermedad de estómago contraída cuando niño.

Repuesto en parte de dicha dolencia, fue destinado al convento de El Pardo con el cargo de Profesor del Colegio Seráfico, pasando aquí el resto de su vida. En toda ella poco podemos señalar digno de especial mención, pues el apostolado apenas lo ejerció. Sin embargo, su sencillez era infantil y verdaderamente característica, lo mismo que la bondad de su carácter, humildad y docilidad. Si por casualidad disputaba con alguien, sabía luego ceder de su parte sin reñir ni enfadarse en modo alguno; a todo se avenía con alegre Semblante, lo mismo a las indicaciones de los Superiores, que recibía sumisamente, sin protestas de ninguna clase, como a las ele sus iguales, que sabía también respetar.
TODO UN ARTISTA
Dios le había dotado de cualidades artísticas verdaderamente excepcionales; sabía dibujar admirablemente, si bien apenas había tenido ni tiempo ni profesor para aprenderlo, debiéndose todo a lo que la naturaleza le había dado y a su trabajo y constancia; sobresalió asimismo en la música, que sabía sentir como pocos e interpretaba magistralmente; era también excelente fotógrafo, como lo han podido admirar las muchas personas que vieron las fotografías -por él sacadas. Tenía, por otra parte, suma habilidad para las cosas de mecánica : lo mismo instalaba la luz eléctrica ·en una casa, como lo hizo en nuestro convento de Gijón. ·como arreglaba un teléfono, una máquina cualquiera, un aparato de radio e incluso lo hacía totalmente nuevo, llegando a perfeccionar el de galena y hacer receptores que nadie sabría distinguir si eran o no de lámpara por la ausencia de toda clase de ruidos con que se oía.
Por eso mismo, aunque en otras actividades no haya prestado grandes servicios a la Orden, supo hacerlo en estas cosas, aportando su talento y su valer con desinterés y con entusiasmo.
SE LIBRA DE LOS MILICIANOS
En el convento de El Pardo se encontraba el P. Carlos el día 21 de julio .de 1936, cuando convento y colegio fueron asaltados por los milicianos.

Los demás religiosos fueron por ellos detenidos, mas él supo componérselas de tal manera, que sin que los milicianos se apercibiesen, saltó por las tapias de la huerta, y aunque se hizo una pequeña herida en el pie, huyó a campo traviesa y monte adelante hasta llegar a Madrid, dirigiéndose luego a casa .de una familia conocida suya, Orcasitas, de la calle de Esparteros. Aquí, después de proveerse de cédula personal y proveer asimismo a otros religiosos, entre ellos al P. Gregorio de La Mata que, no obstante eso, fué fusilado por los rojos, como ya hemos visto, permaneció hasta el 2 de agosto, en que le fué forzoso trasladarse a El Escorial. El motivo de marchar allá y dejar dicha casa no fué otro que el siguiente: como el P. Carlos antes de la revolución iba algunas veces a visitar esa familia y comprar cosas de las que en la ferretería tenían, y como por otra parte, aun quitándose la barba y vestido de paisano, fácilmente se le podía reconocer, uno de los dependientes de la tienda, afiliado a la C. N. T., le vió pasar en cierta ocasión y le reconoció, diciendo luego a la familia que «el que tenían hospedado era un fraile_». Por temor, pues, a. que le detuviesen y por que no le sucediese algo desagradable, convinieron todos en que se marchase a El Escorial, donde nadie le conocía y donde gozaría de más tranquilidad; por otra parte, sus necesidades estarían allí bien cubiertas, pues en la casa que en El Escorial tenían, habían reunido, con miras al veraneo, gran cantidad de provisiones. Y no contentos con eso y para despistar más y al mismo tiempo para que tuviese un documento más acreditativo y fehaciente, firmaron de común acuerdo un contrato, cuyo original conservamos en nuestro poder, por el cual el Padre Carlos se comprometía a instalar un aparato de radio en una de las piscinas, próxima al llamado Jardín de los Peces, cuya explotación llevaba la familia que le tenía recogido.
EN EL ESCORIAL
A El Escorial se trasladó efectivamente el 2 de agosto con un salvaconducto que asimismo le proporcionaron. De El Escorial hacía sus escapadas a Madrid, donde se entrevistaba con algunos religiosos y familias conocidas, a quienes manifestaba sus proyectos de pasarse a los nacionales en la primera ocasión que tuviera. Su salud, por otra parte, como también él mismo dijo, se dejaba resentir bastante, experimentando con frecuencia dolores de estómago, su enfermedad crónica, si bien él trataba de disimular por no dar que decir ni llamar la atención. Allí estuvo ocupado en la mencionada piscina hasta el momento de ser detenido. La causa de su detención la refirió el propio Padre Carlos a la guardesa del Hotel Medina, sito en el mismo Escorial.

Esta, juntamente con la señorita Marichu Orcasitas de la Peña, que le tuvo primeramente en su casa, y el joven Ladislao Grajal Cuesta, natural de Palencia, joven tradicionalista herido en acción de guerra y dejado como muerto por las fuerzas nacionales, hecho luego prisionero en Robledo de Chavela, y que fue compañero suyo de la cárcel, junto con otros jóvenes que más abajo mencionaremos, son los que nos han proporcionado estos datos importantísimos sobre los últimos meses de su existencia mortal.

Biografía extendida

Datos Biográficos Extendidos
Detención, martirio y asesinato.
SU DETENCIÓN
El comportamiento del P. Carlos en dicha p1scma era ejemplar en un todo, y sus formas en hablar y tratar a todos humanamente correctas, por lo que llamaba la atención ele los que con él estaban empleados, quienes comenzaron a sospechar algún tanto de él, hasta el punto ele que uno de ellos, que blasfemaba horriblemente, le motejó cierto día de que él no hiciese lo mismo, y le conminó a que blasfemase. El P. Carlos se contentó con responderle: «¿Te atreverías tú a hablar mal de tu padre y a insultarle?» «¡De ninguna manera!», contestó el obrero. «Pues, ¿cómo quieres? replicó el P. Carlos, que yo diga esas cosas contra Dios, que es nuestro verdadero Padre?»
Al oír estas palabras aquel blasfemo, enfurecido, comenzó a gritar: «Este es fascista; hay que cogerle y darle el paseo.» Queda detenido en seguida y es llevado a la cárcel de El Escorial de Abajo, donde actuaba un tribunal. A los dos o tres días fué llamado a declarar, y al preguntarle quién era confesó, lisa y llanamente, que era un religioso capuchino de El Pardo.
Nada le hicieron, sin embargo, sino ponerle a disposición de la Comandancia Militar del Estado Mayor, que lo consideró como espía, haciéndole al efecto varias preguntas con el fin de cogerle en contradicción y de que justificase su estancia en El Esconal.
El les manifestó que se había trasladado a El Escorial con objeto, como ya hemos dicho, de instalar un aparato de radio en las piscinas. Mas ellos, no dándose por satisfechos de lo que decía, lo trajeron detenido a Madrid. Era necesario dilucidar cómo se había hecho con la documentación que llevaba, la que, según él, se la había proporcionado Juan Bermúdez (nombre que ·llevaba el P. Gregario, y que sabía el P. Carlos había muerto). Hicieron un registro en la casa de Orcasitas, donde el P. Carlos estuvo en un principio, y asimismo registraron la pensión de Covarrubias, en la que vivió el P. Gregario. Aquí encontraron el teléfono de la familia Castañeda, con la que estaba el Padre Sixto. Y para aclarar cuanto les interesaba tendieron un lazo bien disimulado.

Era el 19 ele septiembre. El P. Sixto se encuentra enfermo en casa de la familia Castañeda. Se hallan allí solamente la madre y dos hijas jóvenes. De pronto suena el teléfono …
-¿Conocen por casualidad a Juan Bermúdez?
-No. ¿Quién es?
Al otro lado del cable se oía una voz trémula, vacilante, que se resistía a dar su nombre. Ante la creciente insistencia confesó:
-Soy Pablo Merillas (el nombre de pila del P. Carlos)
Al reconocer al P. Carlos la señorita que se puso al teléfono, aparentando serenidad, le replicó: «Espere; voy a ver si acaso mi hermana le conoce.» Y, volviéndose, dijo a los de la casa: «Es el P. Carlos … Pero habla de una forma muy rara. Se me antoja que le pasa algo.»Es de advertir que el P. Carlos preguntaba lo que la Policía le dictaba, y ésta, provista de auriculares, escuchaba la respuesta que daban a sus preguntas.
Al oír el P. Sixto que llamaba el P. Carlos y que preguntaba por Juan Bermúdez (era el nombre que llevaba el Padre Gregorio), pensando de primer momento que tal vez querría dar alguna noticia sobre el paradero del desaparecido Juan Bermúdez, se levantó de la cama para hablar con el P. Carlos.
-¿Eres tú, Pablo?
-Si.
-¿Dónde estás?
-Aquí, con unos compañeros.
-¿Nos vamos a ver luego?
-No sé … Ya veremos … No sé si podré …
-¿ Qué te pasa? ¿Dónde estás?
-Aquí, con unos amigos.

El P. Sixto comprendió luego ele qué se trataba y colgó el teléfono, dicien.do al mismo tiempo a los de la casa: ‘ El Padre Carlos está en la Dirección de Seguridad. Me arrepiento de haber hablado … “ A los diez minutos un coche se para enfrente de la casa de Castañeda. De él bajan tres oficiales y un joven vestido de mono azul: era el P. Carlos. Suben al piso, y ante aquél y el P. Sixto, que se hallaba en la cama, hacen a uno y a otro un largo e intrigante interrogatorio, del que, en resumidas cuentas, nada pudieron sacar en concreto. No contentos con eso, se lleva a cabo un registro en la casa, practicado por algunos policías que habían llegado
poco tiempo después de los oficiales. Mientras que el registro tiene lugar, algunos de los policías charlan amigablemente en los pasillos con los oficiales; éstos hacen muy favorables comentarios del P. Carlos: «El caso es que decían que no es mala persona para ser fraile; es buen chico, muy listo y muy mañoso. El nos ha arreglado la radio, nos ha compuesto el teléfono, y hoy nos arreglará la pianola.“
El P. Carlos, aunque vigilado, en un momento oportuno pudo decir a las señoritas de la casa estas tranquilizadoras palabras: «No tengan miedo, que estos compañeros son buenos. “ Como el registro se prolongaba demasiado y el tiempo corría, un joven con aire, tono y ademanes de mandamás llegó de fuera y comenzó a dar grandes voces:
-Aquí, ¿a qué se ha venido?
-A registrar la casa y a llevarnos a ese-dijeron los policías señalando al P. Sixto.
-Pues a ese se le lleva y esto se acabó rápidamente -añadió el joven.
Pero ante la imposibil1dad de poder salir el P. Sixto, por encontrarse enfermo, añadió aquél:
-Volveremos por él dentro de tres días.
Luego ordenó que saliesen todos de la casa.
Salió también el P. Carlos en compañía de los oficiales con quienes había venido; montaron luego en el coche del Estado Mayor y partieron rápidamente. Eran las nueve y media de la noche.

EN LIBERTAD: EL HOMBRE DE CONFIANZA
Ni el careo ni tampoco el registro tuvieron consecuencia alguna desagradable ni para la familia Castañeda ni para el P. Sixto y P. Carlos. Este fué llevado de nuevo a El Escorial, y si bien los primeros días estuvo en calidad de detenido, gozó después de amplia libertad, no obstante que todos sabían lo que era. Quedó, sin embargo, a las órdenes directas de la Comandancia Militar, que estaba instalada en el Hotel Medina. Allí conoció y trató a la mencionada guardesa del Hotel., y fue de la siguiente manera.
Un día que la guardesa estaba rezando con devoción y tranquilamente el Rosario, el P . Carlos, que se percató de ello, se acerca para advertirle de su imprudencia, no fuera que los milicianos también se diesen cuenta y pudiera sucederle cualquier cosa. Mas viendo que la mujer, ya de avanzada edad, no tiene miedo alguno ni respeto humano para cumplir sus rezos, él le declara su calidad de religioso capuchino, se ofrece asimismo a acompañarla en sus rezos, y, no contento con eso, como la guardesa tenía que lavar los platos de los que componían la Comandancia, él se ofreció también a ayudarla en esa labor, corno así efectivamente lo hizo de allí en adelante; ella, en cambio, le lavaba y arreglaba la ropa.
Dado el carácter del P. Carlos y su modo de ser, de sencillo trato y sumamente complaciente, logró en poco tiempo captarse las simpatías .de todos cuantos estaban a su alrededor, fuesen o no milicianos; de tal manera, que, aun a sabiendas de lo que era, y en aquellas circunstancias, llegó a ser la persona ele absoluta confianza del Estado Mayor. Tan es así, que llegaron a entregarle y confiarle las llaves de todas las oficinas. El era asimismo el que hacía los recados; el que traía cuanto la Comandancia necesitaba; iba a buscar a Intendencia el racionamiento; estaba encargado .de la censura de las cartas, etc.; en fin, era dueño de todo.
Como, por otra parte, estaba dotado de tan excelentes cualidades mecánicas, le encargaba del arreglo de teléfonos, relojes, radios, pianos, etc. Tocaba también con mucha soltura el piano, y esto le proporcionaba algunos disgustos, pues le hacían tocar hasta altas horas de la noche, no valiéndole a veces la razón de que estaba completamente rendido. Por todo este conjunto de cosas, fácil es comprender que cuantos se hallaban en la Comandancia estaban muy contentos con él y muy satisfechos de su modo de proceder aun a sabiendas de que era religioso. Esto mismo le proporcionó hermosas ocasiones de ejercer su ministerio sacerclotal.

confesando muchas personas de derechas que se lo pidieron, incluso paseando por el jardín .del Hotel donde se encontraba.
PREPARANDO LA EVASION
Todo marchaba, como se ve, admirablemente, al menos en apariencia; él, sin embargo, no desistía de una idea que acarició desde el principio de la guerra: la de pasarse a los nacionales en la primera ocasión que se le presentase. Para ir preparando el camino y ver el modo de realizarlo, salía frecuentemente al monte y, con pretexto de buscar y recoger leña, tomaba sus posiciones con miras a aprovechar una ocasión oportuna de llevar adelante su intento. Y como tenía en El Escorial ya gente conocida de derechas, éstas le indicaban por medio del plano la ruta que debía tomar para conseguir pasar se. V a:liéndose luego de la confianza que en él habían ·depositado de poder entrar en todas las oficinas donde estaban asimismo los sellos, se aprovechó para falsificar la documentación que creyó necesaria para poder pasarse, con pretexto de haoer un servicio secreto y tener que llegar a las primeras líneas. Le movió sobre todo a tomar en firme esta determinación, además de otras razones poderosas, como era la de que más tarde o más pronto las cosas podrían cambiar y él podría correr fácilmente gran riesgo, un incidente que le sucedió al ir a buscar en cierta ocasión el racionamiento para los’ de la Comandancia. Oyó que dos oficiales hablaban de él y que uno de ellos dijo al otro : «Pero, bueno, ¿cuándo vais a dar a ése el paseo?» Tan honda impresión le hicieron estas palabras, que resolvió llevar a cabo su plan de pasarse, no obstante las razones que en contra oponía la mencionada guardesa, pretextando él que, como todos le conocían y sabían que era religioso, el día menos pensado le detendrían de nuevo, e incluso le fusilarían. Convencido, por otra parte, de que la empresa le resultaría bastante fácil, y quizás demasiado confiado, dado su modo de ser, el 30 de noviembre, festividad de San Andrés Apóstol, a la cuatro de la tarde, – según declara nuestra interlocutora -, provisto de algunos víveres que le proporcionó en previsión de lo que podría suceder, salió de El Escorial, no sin antes despedirse de la que había hecho para con él el oficio de madre cariñosa y solícita, y emprendió el camino en dirección al Alto León.

NUEVA DETENCION
Cuando ya había conseguido llegar a dicho sitio y estaba muy próximo a las avanzadillas de los nacionales, fue conocido de un capitán, quien inmediatamente le mandó detener. Le quitaron cuanto llevaba, le apalearon, le maltrataron de mil maneras y luego le condujeron a donde estaba el Estado Mayor de aquel sector. Puede suponerse lo que entonces pasaría cuando, según testimonio del joven Ladislao Graja! Cuesta, al encontrarse con él veinte días después en la cárcel del pueble de Guadarrama, el 23 de diciembre, tenía todavía el P. Carlos los labios partidos y la cara machacada de los golpes recibidos en aquella ocasión. Y, sin embargo, al entrar en la cárcel dicho joven, el Padre Carlos, enterado de la terrible aventura de su compañero de cautiverio, que, herido y hecho prisionero por los rojos, entró en la cárcel con graves heridas aún abiertas, movido de compasión le cedió la cama donde dormía y él se acostaba en el suelo.
SUFRIMIENTOS
Vamos a describir su vida y sus padecimientos en aquel encierro. La habitación que tenían para ambos, que estaban a disposición del Estado Mayor de aquel sector, era bastante estrecha, y el género de vida que llevaban, harto sencillo, casi conventual y sujeto a un horario fijo. Como nada tenían que hacer, se levantaban algo tarde, a las diez, aunque el P. Carlos hacía siempre antes sus oraciones matinales, que continuaba después. Luego se lavaban en la misma habitación y allí lavaban también sus ropas, que entregaban a uno de los de la guardia para que las pusiese a secar. El P. Carlos rezaba por algún espacio de tiempo por un libro que el declarante no sabe decir si era un Breviario o la Santa Biblia, que le había proporcionado un comandante a quien había conocido en El Escorial. Comían únicamente de las sobras del Estado Mayor, poco o mucho, según se terciasen las cosas; tan poco algunas veces que, como sucedió la víspera de Navidad, no tuvieron otra cena que un vaso de café y dos galletas. Por la tarde, a eso de las tres, el P. Carlos hacía nuevos rezos y lo mismo a las seis; sin duda, era el Oficio Divino, que tenía distribuido según las horas del día. Por fin, a las ocho rezaban juntos el Rosario y cenaban la parca refección que les daban. Luego, al irse a acostar, el P. Carlos con una dignación tierna y emocionante y con un gesto verdaderamente paternal, rememorando sin duda la costumbre existente entre nosotros de que el Superior bendiga a los religiosos antes de retirarse a descansar, también él trazaba la señal de la Cruz sobre su compañero ele sufrimiento y le bendecía de todo corazón.

Así pasaron quince días, sin que nadie se preocupase de ellos ni para bien ni para mal, ni siquiera se les sometió a un interrogatorio; sin embargo, los que hacían guardia y sabían lo que era el P. Carlos, le tomaban el pelo y se burlaban de él, diciendo que tenía que casarse con una miliciana que, al parecer, andaba por aquellos andurriales. Llegó el S de enero ele 1937, fecha en que las tropas nacionales presionaron fuertemente por el sector de Torrelodones con peligro de copar las tropas rojas del sector de Guadarrama. Así lo debieron temer los dirigentes, que precipitadamente se trasladaron a El Escorial. y consigo llevaron asimismo a los dos prisioneros en un coche y escoltados por dos milicianos. En la cárcel de El Escorial fueron también ambos recluidos en la misma celda; a ellos, días más tarde, se les agregó otro joven de Almería, por nombre Oscar Godoy.
Aquí, sin embargo, no les 1daban comida alguna en especie, sino solamente seis reales por persona, y con ellos tenían que componérselas para agenciarse los víveres. Un joven del mismo Escorial, llamado Francisco Montes, que era el ordenanza de la cárcel, les proporcionaba los víveres, consistentes solamente en arroz y leche, pues no se encontraba otra cosa; el P. Carlos, que también entendía de cocina, haciendo una vez más alarde de sus habilidades, lo condimentaba admirablemente.
POR FIN, .. . LA MUERTE
Así estuvieron hasta mediados de enero. El día 14 por la noche, a las ocho y media poco más o menos, subió el ordenanza de la cárcel a la celda del P. Carlos, diciéndole bajase a la oficina cuanto antes; así se lo habían ordenado. Esto nada tenía de extraño. pues en días anteriores habían sido llamados otros de los detenidos, por lo que los compañeros de celda nada pudieron sospechar. «Vamos a ver lo que nos quieren», dijo el P. Carlos. » Hasta luego», le contestaron los otros dos. Aquellas fueron las últimas palabras que se dirigieron. No sabemos lo que sucedió en la oficina a donde fue llamado el P. Carlos; no es, sin embargo, difícil adivinarlo, teniendo en cuenta que todos le conocían como religioso y, sin duda, al llamarle a declarar y confesar una vez más lo que era, decidieron deshacerse de él. Lo cierto es que al día siguiente el ordenanza de la cárcel entregó al joven Grajal tres pesetas. diciéndole: «Esto me ha dado para ti Pablo» (tal era su nombre de pila). Y el mismo ordenanza le comunicó al propio tiempo que le habían fusilado aquella noche, juntamente con una religiosa. Sabemos asimismo, por testimonio de la tantas veces citada guardesa, la que, aún estando el P. Carlos en la cárcel le atendía y lavaba la ropa, que fué fusilado en el sitio llamado Cruz Verde y que allí fue luego enterrado, donde también habían sido ya y lo fueron más tarde otros muchos.

Así se lo comunicó el chófer que llevó al P. Carlos en el coche hasta el sitio donde le fusilaron, declarando asimismo que le habían invitado a disparar contra él y quizás (aunque él, naturalmente, lo ocultó) a maltratarle; mas él se negó, pretextando ante .los milicianos que el P. Carlos le había hecho muchos favores y que con él siempre se había portado bien, por lo que le estaba muy agradecido. Dicho chofer ha desaparecido de El Escorial, no sabemos si se escondió o, por el contrario, al entrar allí las tropas nacionales fué inmediatamente fusilado por sus muchos crímenes; por eso no hemos podido enterarnos de otros pormenores de la muerte del P. Carlos. Nos inclinamos a creer, según lo que nos comunica por carta la guardesa del Hotel Medina, que antes de matarle le debieron dar cruel martirio, y que durante toda la noche hicieron de él cuanto quisieron; incluso hasta le obligaron a cavar su propia sepultura con pico y pala. Por no saber el lugar exacto donde fué enterrado, ni poder localizar sus restos, no ha sido tampoco posible trasladarlos a mejor sitio y más honorífico lugar, como hubiese sido nuestro deseo. Quede únicamente y con certeza consignado que en la bifurcación de las carreteras de El Escorial y Robledo de Chavela, sitio conocido con el nombre de Cruz Verde, pendió el P. Carlos su vida, con muerte ignominiosa a los ojos de los hombres, pero preciosa ante los de Dios y de la Patria.
Contaba con 34 años de edad, 16 de profesión religiosa y 8 sacerdotal.

¿En qué lugar reposan sus restos mortales?
En el mismo sitio donde fue fusilado, entre El Escorial y Robledo de Chabela, en Cruz Verde.
¿En qué fecha fue beatificado?
El 13 de octubre de 2013, en Tarragona
¿En qué fecha fue canonizado?
Aún no está canonizado.
Fiesta Canónica:
. 15 de enero
. 06 de noviembre, Festividad de los Mártires durante la Persecución Religiosa en el siglo XX
Fuente:
Mártires Capuchinos de la provincia de Castilla en la Revolución de 1936, por el Padre Buenaventura de Carrocera (O.F:M.)